En algún lugar, no sé exactamente en dónde, la niebla forma al amanecer figuras de nereidas. Cuando cae el sol la niebla se levanta en forma de águilas con cabeza de toro. Una modesta industria turística ha crecido alrededor de tan asombroso fenómeno.
Es entre la niebla de donde nació el niño que los pueblerinos llamaron Eustaquio. Aunque puede que «nacer» no sea la palabra apropiada. Apareció una mañana, desnudo, teniendo aparentemente seis años. La vieja Leticia le preguntó de dónde era, quienes eran sus padres; lo habitual que se le pregunta a un niño perdido. La respuesta que invariablemente obtenía era siempre la misma:
—Mi madre es la niebla; mi padre es el mar.
Como era de esperarse el Padre Luis lo tachó de demonio y se negó rotundamente a que se quedara en el orfanato. Al pueblo no le importó mucho. Eustaquio pasó a ser hijo de todos: algún día dormía en la tienda de la Señora Marta, algún otro comía con la familia Domínguez.
Un mayo, cuatro años después de que se le encontrara, Eustaquio pidió hablar con el alcalde. Explicó, como si otra cosa, que una tormenta se avecinaba. El alcalde no supo bien si tomárselo en serio o en broma. Por si acaso, mandó a amarrar las barcas y a guardar las ovejas.
Esa noche la peor tormenta que jamás hubiese azotado al pueblo, según memoria de Doña Leticia, se desató. Y a partir de entonces los pueblerinos le preguntaban a Eustaquio el tiempo cada vez que se necesitara. Eustaquio nunca fallaba. Hubo cosecha abundante, pesca abundante, hermosos días de sol para bañarse en la playa.
El tiempo pasó y Eustaquio creció. Con el crecimiento vino una certeza absoluta: Teresa Domínguez era la mujer más hermosa del universo. Su pelo, sus ojos, su sonrisa: ella era perfecta. Eustaquio hizo lo que se hace cuando encuentra a la mujer perfecta, tomó un ramo de flores, fue a su casa y le dijo sencillamente:
—Teresa Domínguez, eres la mujer perfecta y te amo.
Teresa escuchó sus palabras, tomó las flores y le dio un hermoso beso de amor. Eustaquio y Teresa pasaron hermosos días soleados juntos, paseando y riéndose. Disfrutaron juntos de las águilas del ocaso y de las nereidas del alba. Fueron muy felices.
La historia de Eustaquio pudo haber acabado aquí. Sin embargo no lo hizo. Un día en el cual Eustaquio había anunciado tormenta, Teresa se quedó esperándolo, preocupada desde el amanecer hasta el anochecer. No fue sino hasta la noche que llegó Eustaquio, con los ojos anegados de lágrimas y la voz temblorosa.
—Ya no puedo verte más —le dijo— mi padre, el mar, está furioso conmigo. El ser humano, dice él, no debiera predecir la naturaleza. Debiera respetarla, debiera temerla. Quiere que me vaya con él, que sea su Heraldo de las Tormentas, que ya no viva más entre ustedes. Todo el día he suplicado en vano. Tan solo me ha concedido el tiempo para despedirme.
Llorando se besaron, se abrazaron y se despidieron. Eustaquio fue al muelle del pueblo, una ola enorme le tomó, y nadie más volvió a verlo.
En el pueblo se volvieron a sentir las tormentas. Sin Eustaquio que predijera el tiempo, hubo ovejas, barcos y cosechas perdidas otra vez. Tal como sucede en otros pueblos, mas con una diferencia. En el pueblo cada tormenta tría consigo un aire de nostalgia y tristeza. Y ese aire se hacía cada vez más pesado.
Quien sufría más era Teresa, que sentía la tristeza de las tormentas atravesando su corazón. Sabía que la tristeza era de Eustaquio. Trataba de hablar con él, de sentirlo, de acompañarlo, pero las tormentas son muy poderosas y estridentes; nunca lo lograba.
Cierta noche se acercó al muelle, y, esperando ser escuchada, gritó a todo pulmón:
—Por favor, mar inmenso, quiero que tu hijo regrese conmigo. Sé que es infeliz. Las gotas de lluvia saben a lágrimas, le oigo llorar entre cada trueno. Permite que regrese. Me rompe el corazón escucharlo tan triste. Por favor, padre mar, por favor.
Entre las olas y la arena una voz de relámpago hizo ecos por la bahía:
—No puedo permitirlo. Mi hijo ha cometido faltas graves y no puedo confiar más en él. No permitiré que regrese con ustedes. La naturaleza debe permanecer como el misterio más hermoso que posean. Y aunque sé que mi hijo sufre antes de cada tormenta, no hay tormenta todos los días. En los días de sol puede tener paz.
Mas no era el trabajo lo que mantenía la tristeza de Eustaquio. Y poco a poco, también en los días de sol soplaba el viento de la tristeza. Las flores de los jardines se fueron volviendo grises, la comida empezó a perder su sabor y los niños lloraban en sus camas por las noches.
Teresa lloró mucho tiempo la respuesta del mar. Mas después pensó profundamente en la respuesta. Una mañana, el despertar trajo consigo una solución. Loca de alegría corrió hacia a la playa antes de que desaparecieran las últimas nereidas del día. Y allí le dijo a la niebla:
—Por favor, niebla hermosa, si tu hijo Eustaquio no puede regresar, entonces permite que yo vaya con él. Si no puede faltar a su deber como el Heraldo de las Tormentas, por lo menos permite que disfrutemos juntos otros días. Cada mañana escucho que me llama y el rocío sabe a lágrimas. Por favor, madre niebla, por favor.
La niebla contestó en un susurro, que sólo Teresa pudo escuchar. Teresa caminó hasta el muelle y esperó al atardecer. Cuando el sol cedió el último rayo de su luz. Teresa se desvaneció poco a poco entre las águilas de niebla, a la vista de los pescadores que allí había.
Nadie volvió a ver a Teresa, pero se convirtió en la heroína del pueblo. Las flores recuperaron su color, la comida recuperó su sabor y los niños dormían tranquilos en sus camas.
Desde entonces, antes de cada tormenta se oye el llanto de dos jóvenes entre las nereidas de niebla. Y cada anochecer antes de un día de sol, la risa de una pareja vuela entre las águilas con cabeza de toro.
Ciudad de México, agosto de 2009